Más de mil de días sin René

El maestro, el periodista, el escritor del descaro encantador

Se completaron ayer, 9 de octubre, tres años que el maestro René Avilés Fabila dejó el plano terrenal para tomar el sitio que ya bien había ganado en la memoria permanente del país, de sus seres queridos, de sus pupilos, de sus lectores, de quienes fuimos tocados por la generosidad de sus manos y quienes quedamos fascinados con su descarado encanto.

Este miércoles se sumó a esos ya más de mil días en que no está.

“Soy René Avilés Fabila, nací en el DF y aquí estudié hasta concluir Ciencias Políticas en la UNAM. Luego, fui a la Universidad de París, a realizar estudios de posgrado. No sé para qué, pues siempre quise ser escritor, autor de novelas y cuentos. Comencé a escribirlos alrededor de 1960, o un poco antes, junto con una generación rebelde que encabezaban José Agustín y Parménides García Saldaña. Nuestro gran maestro fue Juan José Arreola, pero yo tuve otros más: Juan Rulfo y José Revueltas. Del primero aprendí literatura, del segundo ética política, el ser permanentemente crítico”, escribió sobre sí mismo, a modo de semblanza, el literato que fue tan galardonado a lo largo de sus días.

“René Sadot Avilés Fabila (Ciudad de México, 15 de noviembre de 1940 – Ibídem, 9 de octubre de 2016), conocido como René Avilés Fabila, fue un escritor, periodista y catedrático universitario mexicano. Autor de cuentos, novelas y obras autobiográficas. Era conocido como “El Búho”. Algunas de sus obras están catalogadas dentro de la llamada ‘literatura de la Onda’”, reza su perfil en Internet, pero es apenas pertinente para abrir una plática sobre este hombre multidimensional.

Fue un docente de paciencia desbordada -casi siempre-, que formó a muchas generaciones y fue contundente en el ejercicio profesional que hoy tenemos muchos.

Fue inspiración, formador esencial y definidor de rumbos.

Sobre René, el escritor, el periodista, el comunista en su juventud y el profesor universitario que seducía a sus alumnos con sus enseñanzas, con su exquisita ironía y su encantador descaro, no puedo más que hablar en primera persona.

Al escritor lo conocimos por sus obras, las que devoramos en la intimida de la lectura; al profesor lo disfrutamos en las aulas de la entrañable Universidad Autónoma plantel Xochimilco (UAM-X), que por supuesto no está en Xochimilco, sino en la alcaldía de Coyoacán.

De eso solía burlarse él.

Siempre fue paciente para escuchar y responder dudas, para revisar los textos estudiantiles que, seguramente, en ese momento eran aburridos y torpes; incluso nos permitía entregarlos a destiempo en su casa, en donde su esposa, la maestra Rosario Casco Montoya, tenía que ser extensión de su paciencia y siempre nos regaló una sonrisa.

René también fue un amigo desprendido, con intensidad.

En ocasiones se permitió afianzar esas relaciones con el tiempo y trascender el aula. Fue compañía permanente.
A lo largo de los años y como docente, nos compartió su memoria con benevolencia, la historia del periodismo contemporáneo mexicano, de la que René Avilés Fabila fue protagonista, desde su extraordinaria y rebelde pluma y su crítica aguda.

A más de mil días de su ausencia física, cuando hace tres años un 9 de octubre se levantó para nutrir con textos sus redes sociales y luego se mudó del plano terrenal al intangible, a René lo seguimos teniendo.

A él y a sus maravillosas obras.

“Tantadel” -que afortunadamente sigue reeditándose desde 1975, su primera novela de amor- por ejemplo, nos contaba en aquellos días de finales de la década de los 90, que había motivado que una pareja le pusiera así a su primogénita.

Hoy andan por muchos sitios muchas Tantadeles, nombre que el inventó.

Su “El gran solitario de Palacio” sigue tan vigente que el título de su novela política es cita de muchos textos de las últimas décadas, para referirse a los presidentes.

Otras más son referencia indispensable de la literatura mexicana: “Los juegos” (1967), “La canción de Odette” (1982), “Réquiem por un suicida” (1993), “El reino vencido” (2005) y “El amor intangible” (2008).

Sus cuentos ni qué decir, sus ensayos, sus columnas, su esencia compartida a través de sus palabras.

Más de mil días después, lo tenemos aún a él, al elegante coqueto de la sonrisa de matices pueriles, al irresistible hombre elegante, de personalidad seductora para hombres y mujeres, a quien luego de conocer, incluso apenas brevemente, no se olvidaba.

Como el niño que sueña con ser astronauta, que juega a ser pirata, yo quería ser un René Avilés Fabila. Aún me esfuerzo.

A pesar en su grandeza fue siempre cálido, tolerante y humilde.

Le gustaba mucho ser profesor.

Por todo esto, su ausencia física sigue siendo desconcertante.

Cada quien lo recordará desde su experiencia, como el escritor, el periodista, el docente, el amigo.

Esta es mi memoria de René, mi privilegio de haberlo conocido en todas sus disensiones y encontrarlo en mi vida, muchas veces, en lugares y ocasiones distintas.

La presencia del maestro sigue aquí. La eternidad es el tesoro de la memoria.