Pareciera que sólo cada 8 de Marzo se analiza a fondo la situación laboral, profesional, política, social y económica en la que nos encontramos las mujeres.
Pero cada día encontramos historias de horror sobre abusos (en todas sus vertientes) contra mujeres, despidos injustificados, feminicidios y violación a los derechos que forman parte de nuestra cotidianeidad y pasan desapercibidos.
Hace unos días, conocí una historia que parecerá poco importante para muchos, pero que pinta de “cuerpo entero” lo que nuestras niñas viven todos los días. Me alarma pensar que si no son orientadas correctamente sobre sus derechos, incluso desconocerán que fueron víctimas de un abuso.
Esta historia paso en algún lugar de Puebla. Una estudiante de primaria tomó el valor de levantar la voz y decirle a la maestra -frente al grupo- que uno de sus compañeros le había tocado el pecho.
La afirmación se tornó estremecedora cuando otras alumnas confirmaron el hecho: un compañero las hacía sentir incómodas acercándose en extremo a ellas, invadiendo su espacio personal. Según el especialista en Recursos Humanos Víctor Candel, al tratarse de un amigo o compañero la distancia para platicar debería oscilar entre los 46 y 120 centímetros, espacio acortado por el menor al acercarse demasiado o pasar su brazo por encima de los hombros de las niñas.
Como es lógico pensar, el problema escaló hasta la dirección del colegio, en donde se les solicitó a las menores hacer “borrón y cuenta nueva” con el compañero y dejar de lado el tema. Finalmente, ¿qué puede pasar por un rozón de mano o brazo por el pecho de una infante?
Me encantaría que esta fuera una de esas historias en donde se castiga al infractor y todo termina en una mala experiencia. Pero no, es la vida real.
El menor, que fue señalado valientemente por las jovencitas, se sintió exhibido y acompañado por sus padres exigió que la profesora de clase -la que llevó el tema a la dirección en el entendido que era lo correcto como parte de su profesión- le ofreciera disculpas.
Claro, el menor dijo a sus padres que todo era un invento. Lo intento, pero me es imposible imaginar la escena en la que las agraviadas, al iniciar la escalada de quejas, se cuchichearon para conspirar en su contra y decidieron engañar a las autoridades escolares para que lo sacaran.
Por desgracia, insisto, es la vida real. Quien terminó sin empleo fue la maestra. El alumno finalmente -dicen algunas versiones- ya no regresó a la institución por decisión propia, pero no sería serio de mi parte afirmarlo, ya que la versión oficial es que fue expulsado.
Es cuando me pregunto, ¿Cuánto hemos avanzado en el ejercicio efectivo de nuestros derechos? ¿Qué tan informadas están nuestras hijas sobre lo que no deben permitir? o si únicamente recuerdan el 8 de Marzo como el día que se cierran calles, se “blindan” edificios y se pintan paredes.
¿Cuánto hemos trabajo con nuestros hijos para entender las nuevas masculinidades? Y sobre todo, ¿Qué hacemos cada uno de nosotros para acabar con las practicas machistas, abusos, excesos contra la mujer?
Triste, pero es la vida real.









