El deslumbrante Xavier Robles

Conocí a Xavier Robles Molina de la manera más pura y honesta posible. Sin ningún maquillaje social, sin saber que se trataba de un cineasta consumado ya en ese lejano 1998 y, por azares del destino, sentado a su mesa en un bar de Insurgentes Sur de la Ciudad de México.
Xavier no llegaba aún a los 50 años entonces y éste era apenas un joven reportero con menos de un lustro para las tres décadas de edad.
Éramos un grupo interesante y había llegado yo ahí por invitación de una amiga que tampoco conocía al escritor.
Se hicieron varios grupos en la larga mesa de aquel lugar. Seguramente era verano porque de haber hecho frío lo recordaría muy bien.
Robles nunca desenfundó en las charlas para decir quién era.
Platicaba de todos los temas con simpatía y en todos aportaba algo al grupo.
Debo reconocer que todos eran mayores de 35 y yo me había colado ahí porque en aquella época me parecían muy anodinas las personas de mi edad.
Como éramos desconocidos en algún momento nos fuimos presentando.
Yo presumí mi oficio.
Xavier apenas dijo que era escritor. No abundó mucho más.
La tarde maduró con la noche y del lugar nos apresuraron a salir.
Serían cerca de las 23 horas y las charlas y las copas apenas tomaban vuelo y mayores entusiasmos.
Xavier ofreció su casa, cerca del Canal de Miramontes.
En grupos y distintos autos nos fuimos para allá.
Apenas abrió la puerta le brillaron los ojos a este reportero.
Era sublime.
En su sala de estar había varias preseas que de inmediato reconocí como Arieles.
También un par de Diosas de Plata y muchas otras preseas nacionales e internacionales.
Era producto de su prolífica carrera: “Las Poquianchis”; “¡Qué viva Tepito!”, “Bajo la metralla”, “Los motivos de Luz”, “Zapata en Chinameca”, “Rojo amanecer”, “Cabeza de Vaca” y “Luces de la noche”, entre otras.
La educación universitaria hizo su tarea de cultura cinematográfica y entonces dimensioné la magnitud del personaje con el que habíamos estado charlando por horas.
Xavier siguió actuando igual. Ahora sentados en su sala, yo casi en cuclillas y él en un sillón individual; lo oía embelesado.
Lo veía luminoso y extraordinario.
Quise llevar la plática a aquella versión de que habían censurado el guión de “Rojo amanecer”, que él co-escribió.
No recuerdo sus respuestas exactamente pero tuvo paciencia para este juvenil reportero.
Además, poblanos los dos. Él de Teziutlán.
Sacó de su librero un ejemplar de sus poemas y nos leyó varios.
Fue una bohemia estupenda e inolvidable, hace ya 24 años.
Lo volví a encontrar en Puebla muchos años después, con su esposa, Guadalupe Ortega, tomando café en los portales, frente al Zócalo.
Quedamos en sentarnos a realizar esa entrevista que nunca pude concretar.
Yo me acordaba a la perfección de aquella noche de verano de 1998.
Él seguramente no.
Vi innecesario traerlo a colación, en la breve con plática que tuvimos.
Xavier partió ayer.
Esta anécdota es porque lo describe franco y generoso, como siempre fue.
Políticamente fue siempre consecuente. Sobre su ataúd se puso la bandera del Partido Comunista.
Hace también algunos meses el Sistema Estatal de Telecomunicaciones (SET) programó un audiovisual sobre su vida y su obra. Es imperdible y está a disposición afortunadamente en YouTube.
Me vino a la mente que me obsequió aquella noche un ejemplar, casi forma de tríptico pero de abundantes páginas, del guión de “Rojo amanecer” y me lo firmó.
No sé dónde estará y lo buscaré.
Xavier desde ayer está en el jardín de los inmortales.