Durante los últimos meses, hemos escuchado infinidad de veces que el fútbol une al mundo, un mantra que debiera cumplir la tarea de apaciguar los conflictos locales, nacionales e internacionales para permitirnos centrar la atención, al menos por un mes, en dos bolas: la bola que se patea y la bola de jugadores que van tras de ella. Sin embargo, la realidad es otra. En el contexto global, presenciamos un mapa geopolítico heterogéneo y fracturado, con grandes grietas que dividen naciones vecinas y con trincheras en frentes de batalla que continúan prolongando guerras sin rumbo.
Rusia es el gran ausente de la justa mundialista como consecuencia del veto que sufre desde el inicio de la guerra con Ucrania en el 2022, situación que lo ha excluido de las grandes competiciones globales, como parte de las sanciones impuestas por organismos internacionales como la Unión Europea (UE) y la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), haciendo evidente el poder de aislamiento geopolítico que puede tener una organización deportiva.
Por otro lado, los conflictos históricos en medio oriente, que involucran directamente a Estados Unidos y a Irán, han generado una enorme especulación en torno a la participación de la selección iraní en territorio estadounidense, lo que permea en un ambiente tenso en el marco de sus actuaciones y cada uno de sus encuentros no deja de ser una olla de presión.
En el marco de la gobernanza global, la situación entre estos dos países repercute también en la participación de otros actores clave como Arabia Saudita y Qatar, quienes se ven afectados no solo por su ubicación geográfica en el Golfo Pérsico, sino por sus profundos intereses económicos e inversiones en el negocio del fútbol europeo.
En el ámbito regional, incluso antes del silbatazo inicial, los propios países organizadores presentaban discordias entre ellos. A pesar de haberse gestado hace ya nueve años la decisión de una organización tripartita (nunca antes vista), el tiempo no fue suficiente para resolver los conflictos regionales de américa del norte. Por el contrario, problemáticas sustanciales como la crisis migratoria, el endurecimiento de los muros fronterizos y las políticas de persecución de indocumentados alcanzaron puntos críticos en los últimos meses, contrastando con el discurso de la libre circulación del balón entre las naciones.
A la par del evento deportivo, continúan las complejas negociaciones del tratado de libre comercio entre los países organizadores (T-MEC), donde se realizan rondas de diálogo con conversaciones formales entre delegaciones de cada país, enfocadas en los principales temas de interés comercial como los sectores automotrices, de energía y materias primas. Los resultados de dichas negociaciones repercutirán directamente en el flujo económico de la región, así como en los aranceles que se impondrán a los principales productos de importación y exportación entre las tres naciones.
A nivel local, el país enfrenta escenarios de conflicto social que se han convertido en el gran pendiente de esta administración. En la víspera del día inaugural de la justa, diversos movimientos y grupos sociales expresaron sus intenciones de realizar manifestaciones y bloqueos para visibilizar sus demandas aprovechando el foco internacional sobre la Ciudad de México. Las exigencias de cada uno de estos grupos de la sociedad no son menores, y sus razones para salir a las calles son legítimas, puesto que son el resultado de meses, años e incluso décadas de lucha y resistencia frente a la indiferencia institucional.
Entre las principales movilizaciones de grupos protestantes se encontraron: integrantes de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE), quienes persisten en la abrogación de la reforma educativa; colectivos de búsqueda de personas desaparecidas, quienes exigen la localización de más de 100,000 personas, además de la atención al problema de la impunidad y la corrupción judicial; estudiantes universitarios y normalistas que demandan el esclarecimiento del caso Ayotzinapa; transportistas hartos de la inseguridad que viven en las carreteras; organizaciones campesinas que buscan apoyos económicos para enfrentar los problemas del campo; trabajadores del sector salud en contra del desabasto de medicamentos; comités vecinales de colonias aledañas al estadio sede denunciando la falta de servicios públicos y los nuevos problemas de gentrificación que se presentan como resultados del reordenamiento urbano.
El evento que sería para todos no lo es, y dista mucho de ser una gran fiesta. El balón no está uniendo al mundo, al contrario, es una cortina de humo tan transparente que está exhibiendo la xenofobia de los regímenes autoritarios y los resultados de un constructo capitalista avasallador que trasgrede con toda impunidad las normas internacionales de los derechos humanos, laborales, económicos y sociales. Y más allá de los conflictos geopolíticos globales, se presentael costo excesivo de las entradas a los estadios, pero ese será tema para otra ocasión.









