Jaime Alcántara, “el roble sereno” para el PRI

Los jaloneos y golpes, ya con sabores muy agrios, que los grupos y personajes están propinándose por la dirigencia del Partido Revolucionario Institucional (PRI) en Puebla han perfilado una salida “madura” al momento de coyuntura que, incluso, dibuja un horizonte negro, de casi desaparición, para 2021.

“Ha llegado el momento de llamar a un roble sereno”, soltó en corto un priísta de esos a quienes tildan de “notables”, que le ponga una bolsa de hielo en la cabeza –como solía recomendar el ex gobernador Melquiades Morales a sus colaboradores– a los militantes y líderes, que concilie diferencias, lime asperezas y sume antagonismos.

De ahí que, en la charla, el cabildeo y las propuestas de los agentes y personas con verdadera decisión en el priísmo poblano, se esté poniendo sobre la mesa el nombre del dos veces ex diputado federal Jaime Alcántara Silva, para presidir el Comité Directivo Estatal (CDE).

Lobo viejo en mares picados; beneficiado de los tiempos de esplendor, pero también obrero de primera trinchera en las noches tristes del tricolor, el sexagenario Alcántara está hoy en esa rara combinación de experiencia e ímpetu.

Jaime, ex de muchas cosas, puestos y causas, de las últimas cuatro décadas de lo que queda del priato, efectivamente, tiene la capacidad de llamar al diálogo a personajes que hoy mismo se negarían a sentarse a la misma mesa, sin escupirse a la cara muchos reproches.

Ex senadores, ex diputados locales y federales y hasta ex gobernadores lo están poniendo como “la mejor carta” de este hoy casi devastado PRI.

DE paso hay que decir que ya antes le ha tocado a Jaime recoger cenizas y reconstruir ruinas.

Hasta muchos quienes ya se fueron decepcionados del PRI, dicen, volverían si “el jefe Alcántara” -como le dicen en su sector- llega a la presidencia del CDE.

Unas cien campañas en su vida le ha tocado capitanear a Alcántara.

Ha probado lo mismo las mieles del poder que ha besado lona. Los dos escenarios en muchas ocasiones.

La última, la estrepitosa derrota en la capital, con el impresentable como candidato -como compañero de juega dicen que es estupendo- Enrique Agüera Ibáñez.

Para ir a coordinar esa campaña, el poblano Alcántara Silva debió dejar la amplia zona de confort que tenía como jefe de la flota y las operaciones aéreas de la entonces Procuraduría General de la República (PGR), en los albores del peñismo.

Su porfiado priísmo, desde que en la juventud fue discípulo de leyendas como Fernando Gutiérrez Barrios, lo ha mantenido orgulloso (¡allá él!) incluso al filo del conflicto conyugal (su esposa fue una insigne alonsista, en la etapa del oscuro morenovallismo en Puebla).

Aun así, él se quedó con la misma camiseta, roída y agujereada, del tricolor.

La semana pasada, en una reunión del Grupo Plural, que suma a la muy vieja, la vieja y la mediana guardias priístas, con el delegado del Comité Ejecutivo Nacional (CEN) del PRI en Puebla, el veracruzano fidelista Américo Zúñiga Martínez, la propuesta salió a relucir.

Desde antes, se habían dado señales.

Apenas hace unos días, en la ceremonia del cumpleaños 91 del tricolor, en la sede del PRI en la Ciudad de México, se ordenó darle a Jaime primera fila, esa que muchos poblanos nunca tendrán, entre la cúpula nacional.

Una cualidad le reconocen todas las generaciones a Alcántara Silva: cuando ha tenido hilos de poder, y que los ha tenido muchas veces y por mucho tiempo, el economista nunca negó ni desconoció a los paisanos.

Fue y es muy cercano a la hoy (otra vez) senadora Beatriz Elena Paredes Rangel y las puertas de la ex gobernadora, ex dirigente del Sector Campesino, ex presidenta del CEN, ex presidenta de San Lázaro, siempre estuvieron abiertas para los poblanos, porque él empujaba el picaporte.

Un dato más, para quien no lo recuerde: en la LVIII Legislatura (2000-2003) de la Cámara de Diputados, la primera del PRI como oposición a un gobierno federal panista, el de Vicente Fox, Alcántara –entonces coordinador de la bancada poblana- debió tratar y negociar, siempre con especial respeto y simpatía, con un hombre que hoy despacha en Casa Aguayo: Miguel Barbosa Huerta.

Sin poder asegurar que tengan una amistad sólida, lo cierto es que, cada cual, desde su trinchera, trabajó muy bien y en coordinación, cuando así debió ser. Su relación siempre fue muy fluida y muy cordial, desde aquellos años, ya hacer dos décadas.

Y eso, por supuesto, cuenta mucho, porque nadie en el tricolor poblano hoy tiene las credenciales de éste, al que describieron como “el roble sereno”.