Guadalajara vivió una noche de nervios, resistencia y un grito de alivio que tardó en llegar, pero que terminó por encender al Estadio Akron.
El partido nunca fue sencillo para la Selección Mexicana. Desde el arranque, Corea del Sur dejó claro que no sería un rival cómodo: ordenado, intenso y con transiciones rápidas que obligaban al Tri a jugar con la línea defensiva siempre alerta. Cada llegada asiática encendía las alarmas, mientras la afición contenía la respiración.
México intentó imponer condiciones, con más posesión y presencia en campo rival, pero le faltó claridad en el último toque. El balón circulaba, sí, pero sin la profundidad necesaria para romper el muro coreano. Los minutos avanzaban y la tensión crecía en las tribunas, donde el murmullo empezaba a mezclarse con la impaciencia.
El complemento mantuvo el mismo guion: un partido cerrado, disputado en medio campo y con pocas concesiones. Corea no renunciaba a buscar el golpe y México respondía con orden, aunque sin contundencia. El empate parecía escrito… hasta que llegó el error.
Un balón sin aparente peligro terminó en una falla del guardameta surcoreano, y ahí apareció Luis Romo, atento, oportuno, con la frialdad que no había tenido el partido hasta ese momento. Empujó el balón al fondo de las redes y el estadio explotó en un solo grito.
Pero cuando México parecía tener el control, Corea respondió con todo. En una jugada clara de peligro, el arquero mexicano se vistió de héroe con una atajada fundamental a quemarropa, estirándose para desviar lo que era el empate seguro. Esa intervención sostuvo al Tri en su momento más crítico y terminó por valer oro.
El cierre fue puro sufrimiento. Corea adelantó líneas, lanzó centros, buscó el empate con desesperación, mientras México se replegaba y defendía cada balón como si fuera el último. Hubo despejes con el alma, barridas que valieron aplausos y un reloj que parecía no avanzar.
Cuando el árbitro decretó el final, el alivio fue inmediato. México ganó, sufrió más de lo esperado, pero dio un paso importante rumbo a los octavos de final en una noche donde el fútbol no fue brillante, pero sí efectivo… y suficiente.









