Hay una escena que pocas veces imaginamos.
Un policía uniformado, armado, aparentemente fuerte, vigilando una puerta durante horas. Todos pensamos que él está ahí para protegernos. Casi nadie se pregunta quién está cuidando de él.
La muerte de un elemento de la Policía Auxiliar ocurrida la semana pasada debería abrir una conversación mucho más profunda que una simple esquela institucional. Si las investigaciones confirman que se trató de un suicidio, Puebla tendría que preguntarse qué está pasando dentro de las corporaciones encargadas de protegernos.
Después de esa tragedia comenzó a circular una carta anónima atribuida a policías de la propia corporación. Ahí se denuncian presuntos actos de hostigamiento laboral, relevos que no llegan, jornadas excesivas y una cultura donde pedir descanso puede interpretarse como indisciplina. Los señalamientos deberán ser investigados, pero ignorarlos sería todavía más grave.
Durante años hemos discutido el salario de los policías, la falta de patrullas o el equipamiento. Muy pocas veces hablamos de su salud mental.
Y ahí está el verdadero vacío.
Un policía que trabaja 24 horas continuas no rinde igual durante todo ese tiempo. Después de muchas horas de servicio aparece el agotamiento, disminuye la capacidad de reacción y aumenta el estrés. Si además existen presiones internas, problemas familiares o un ambiente laboral hostil, el uniforme deja de ser una protección y se convierte en una carga.
No se trata únicamente de atender una emergencia psicológica cuando ocurre una tragedia. La prevención empieza mucho antes: con jornadas razonables, relevos puntuales, mandos capacitados para dirigir personas y no sólo operativos, así como atención emocional permanente para quienes todos los días enfrentan violencia, accidentes y situaciones límite.
Por eso el gobernador Alejandro Armenta y la Secretaría de Seguridad Pública tienen una oportunidad que no debería desperdiciarse. Investigar los señalamientos contenidos en la carta, revisar las condiciones laborales de la Policía Auxiliar y escuchar a los propios elementos sería mucho más útil que limitarse a lamentar una muerte.
Porque un policía agotado tampoco puede cuidar bien a la sociedad.
Y una corporación que no cuida a sus propios integrantes difícilmente podrá ofrecer la seguridad que los ciudadanos esperan.
La mejor estrategia de seguridad no empieza con más armas.
Empieza con seres humanos que regresen vivos a casa… física y emocionalmente.
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