“No estaba regañando a nadie”. Con esa frase, la presidenta Claudia Sheinbaum atajó la polémica generada tras su visita a Puebla, donde fue señalada por presuntamente confrontar a manifestantes durante un evento público.
Desde la mañanera, la mandataria desarmó esa versión: dijo que levantó la voz únicamente para poder explicar un proyecto que —acusó— ni siquiera le permitían detallar.
La escena, reconstruyó, ocurrió en medio de consignas, presión y empujones de un grupo inconforme con la instalación de un Polo de Economía Circular.
Aunque ya se les había informado que serían atendidos al final, decidieron irrumpir durante la entrega de viviendas. “Sabían que los iba a recibir”, insistió.
Lejos de escalar el conflicto, Sheinbaum optó por una salida política: consultó al público si se abría el diálogo en ese momento o al cierre del evento.
La mayoría eligió continuar. El acto siguió. Y al final, cumplió: fue a encontrarse con los manifestantes.
Ahí, dijo, vino el momento más tenso. No la dejaban hablar. “Espérense, déjenme explicar”, relató. Pero el ruido continuaba.
Fue entonces cuando elevó el tono. No para confrontar, sostuvo, sino para hacerse escuchar en medio del desorden.
La presidenta también puso el foco en el fondo del conflicto. El proyecto cuestionado, explicó, busca desaparecer un basurero a cielo abierto —“mal manejado”— y sustituirlo por infraestructura de reciclaje.
Negó imposiciones y abrió la puerta a asambleas informativas con secretarios federales para construir acuerdos con la comunidad.
En paralelo, lanzó un mensaje político claro: respaldo total al gobernador Alejandro Armenta Mier.
“Es muy buen gobernador, también atiende a la gente”, afirmó, marcando línea frente a la polémica local.
Sheinbaum también cuestionó la cobertura de algunos medios, a los que acusó de construir una narrativa









