Ardieron los Judas en Puebla entre risas, pólvora y crítica social

La tradición del Sábado de Gloria volvió a reunir a familias y artesanos; figuras de políticos y celebridades estallaron en el Barrio del Artista

Jorge Castillo

Bajo el sol de media mañana y el olor inconfundible a pólvora, la Plazuela del Torno volvió a latir al ritmo de una de las tradiciones más arraigadas de la Semana Santa poblana: la quema de Judas.

Como año con año, solamente suspendido en pandemia, desde temprano en este Sábado de Gloria, familias, turistas y curiosos se arremolinaron en el Barrio del Artista para atestiguar cómo el cartón, la sátira y el fuego se mezclan en un espectáculo que es tanto festivo como crítico.

A las 11:00 horas, las figuras de cartón colgadas —coloridas, exageradas, con gestos caricaturizados— parecían observar al público que, entre risas y señalamientos de los nombres de los personajes.

No eran solo demonios ni Judas bíblicos; la creatividad de los artesanos volvió a apuntar hacia figuras del poder y del espectáculo.

Entre los nombres que más resonaron estuvieron políticos internacionales como Donald Trump y Vladimir Putin, así como figuras del entretenimiento como Shakira y Bad Bunny.

También aparecieron los nombres de políticos locales como el gobernador Alejandro Armenta y el alcalde Pepe Chedraui también fueron parte de la quema simbólica.

Los artesanos cartoneros, muchos de ellos herederos de una tradición de décadas, observaron atentos el momento culminante.

Cada figura, elaborada con paciencia durante días, estaba destinada a desaparecer en segundos.

La mecha encendida marcó el inicio: primero un chisporroteo, luego una cadena de explosiones que hizo vibrar el suelo y levantar aplausos, mientras las figuras giran a gran velocidad, como si nunca fueran a parar.

El humo cubrió por momentos la plaza, mientras los restos de cartón caían consumidos. Niños se tapaban los oídos; adultos sacaban sus teléfonos; otros simplemente miraban, como si en cada explosión se liberara algo más que pólvora.

En Puebla, esta tradición no pierde fuerza; al contrario, se reinventa cada año con nuevos rostros y viejas inconformidades.

Cuando el último estruendo se apagó, quedaron cenizas, risas y la certeza de que, al menos por un instante, el fuego dijo lo que muchos piensan.