Faltan cinco semanas para empezar con una lenta reactivación de actividades en México. Pero para estas alturas, muchos ciudadanos optaron por colocarse un cubrebocas (inseguro en la mayoría de los casos), y han comenzado a salir a la calle; no en busca del sustento, sino de la distracción.
Personal médico se juega la vida en cada asistencia a pacientes con Covid-19 y no entendemos que ese acto de valor, es muy superior a nuestro “ya me aburrí de estar en casa”.
La necedad de quien sale por gusto y no por una necesidad económica, es ofensiva y desgastante para ciudadanos que hacen su esfuerzo por no propagar el virus.
En Puebla este fin de semana vimos gente organizando bailes, ferias y torneos de fútbol; ante la mirada indignante de vecinos testigos de esta tremenda irresponsabilidad.
El problema real de esta circunstancia es que ningún nivel de gobierno en México (salvo los gobiernos de Michoacán y Jalisco) pretende pagar los platos rotos por un confinamiento obligado, con la policía detrás de los “tercos”, con buenas sanciones económicas y hasta la cárcel, si fuera necesario.
Los escuchamos apostar por un pueblo consciente y obediente, y éstos cada vez son los menos.
La terquedad de los “aburridos” cuesta vidas y millones de pesos al erario. Pero los gobiernos “democráticos y humanistas” no darán el siguiente paso para obligar al quedate en casa, de forma obligatoria. Siguen invitando con una cordialidad peligrosa. Disculpan y hasta justifican a quienes usan los medios de comunicación para convocar a una resistencia civil, por amistades y acuerdos económicos.
Las consecuencias, además de las económicas ya previstas, serán las de la insuficiencia para albergar pacientes en hospitales y de un alargamiento en el proceso de contención del virus.
Prohibir el consumo de alcohol, parar la producción de cerveza, cerrar calles a los automovilistas para evitar concentraciones masivas; son actos insuficientes para enfrentar el caos. Debe entrar la seguridad pública, si es necesario, cuando exista una evidente concentración de personas en eventos no justificados.
Pero no, todos los que deben tomar esas decisiones están pensando en un futuro político, y el confinamiento a garrotazos, no es una decisión popular.
Nadie está dispuesto a pagar el costo político de una decisión así. Y se amparan en un fingido respeto a los derechos humanos, que en otras circunstancias nunca respetan.
Todos ellos piensan en el 2021, y nosotros en cómo no aburrirnos. Pésima combinación para terminar con una pandemia








