¿Y si sí?

La participación de México ha finalizado en la justa mundialista, tanto en lo deportivo como en la gran responsabilidad de haber albergado por tercera vez en la historia este certamen internacional. Una vez más, el país entero se detuvo por dos horas en los momentos en los que la selección nacional enfrentó sus partidos. Una vez más, la afición se ilusionó con cada resultado. Y una vez más, se sufrió con la derrota.

Más allá de lo sucedido en la cancha, durante las últimas semanas presenciamos innumerables acontecimientos que dictaron la agenda pública y las tendencias en las redes sociales: un pato uniformado, un niño con suéter navideño en pleno verano, festejos desmedidos con finales de tragicomedia, por mencionar solo algunos. Entre tantas cosas que analizar, he decidido enfocarme en esta ocasión en un fenómeno muy peculiar que refleja mucho, muchísimo de lo que somos como mexicanos, el conocido “¿y si sí?”

Este cuestionamiento va más allá de una muestra de fe deportiva, no se trata de un slogan mercadológico, no tiene registro de derechos de autor, no es de nadie y a la vez es de todos. Su origen es tan incierto como sorprendente es la rapidez con la que permeó en la sociedad mexicana y en todos los escenarios posibles de interés común. Pero su trasfondo es tan explícito que desnuda nuestro contexto histórico y expone nuestra más pura esencia como sociedad. Son tres palabras cargadas de emociones, de coraje, de anhelo y de melancolía. Es un código que activa un mecanismo de defensa y a la vez el contraataque de un pueblo históricamente desangelado y sistémicamente acostumbrado al fracaso. Es un cuestionamiento que pretende adelantarse a la respuesta inevitable, a un pasado marcado por el “jugamos como nunca y perdimos como siempre”.

Para contextualizar estos postulados, podemos comenzar mencionando la manera en la que Octavio Paz aborda nuestra orfandad histórica en El laberinto de la soledad, bajo la certeza de un profundo sentimiento de violación simbólica producto de la colonización española, donde prevalece la percepción de una fuerza superior y arbitraria que no deja de ejercer poder sobre nosotros. No se trata solo de una decepción atlética, sino una reconfirmación mitológica de nuestra fragilidad íntima que ratifica nuestra exclusión de la élite del Olimpo.

Otra perspectiva para abordar este fenómeno se halla en las letras del gran Carlos Monsiváis, quien en sus tantas crónicas de la cultura popular describía al fútbol en México como una de las bellas artes de la consolación. De ahí surge el famoso “ya merito”, una especie de celebración resignada, un placebo de consuelo de haber rasguñado la gloria, una válvula psicológica de escape que nos ayuda a superar la derrota, resignificando el desempeño de un equipo en un heroísmo trágico más amable y mucho más aceptable. El “¿y si sí?” busca a toda costa adelantarse al “ya merito”, revelando la necesidad de que suceda un milagro desde el minuto uno hasta el noventa para evitar a toda costa la frustración.

“¿Y si sí?” es una frase nueva, pero encierra, al menos, cuarenta años de gritos ahogados y nudos en la garganta. Las nuevas generaciones nos han alcanzado en este duro proceso de maduración comunitaria de ver perder a nuestro equipo en el momento clave. Ahora ya conocen el sentimiento de resignación que muchos vivieron en el 86 contra Alemania, en el 94 contra Bulgaria, en el 98 nuevamente contra Alemania, en el 2002 contra Estados Unidos, en 2006 y 2010 contra Argentina, en 2014 contra Holanda y en 2018 contra Brasil.

Esta nueva frase se ha ganado un lugar en la historia, será recordada y seguramente resurgirá en el entorno deportivo y en otros contextos sociales como un canto de oportunidad, tal como lo ha sido el famoso “¡sí se puede!” que nació en el año de 1997 durante un partido de la Serie Mundial de Ligas Pequeñas y que, hasta la fecha, sigue siendo un grito de batalla alentador.

Aunque les duela a los políticos del sexenio pasado, es una frase profundamente aspiracionista. Porque si algo no nos pueden quitar a los mexicanos es nuestro optimismo, y prueba de ello es que pronto olvidaremos la frustración que sentimos en este momento, Esperaremos nuevamente otros cuatro largos años para volver a sufrir frente a las pantallas y conmovernos aplazando la decepción; porque, a fin de cuentas, la esperanza es lo último que se pierde.

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