Con una escobita entre las manos, María se arrodilla, barre el piso frente al altar, guarda el polvito en una pequeña bolsita de tela y la coloca sobre su vientre.
No está sola, su lado, mad mujeres repiten el mismo ritual con una mezcla de recogimiento y esperanza.
Es 26 de julio, Día de Santa Ana, y el templo del mismo nombre —ubicado en el barrio de Santa Anita, al oriente de la ciudad de Puebla— vibra de nuevo con su fiesta patronal… pero este año, algo cambió: la iglesia reabrió sus puertas tras siete años cerrada.
El llamado “ritual del barrido” es una de las expresiones más singulares de la religiosidad popular poblana.
De generación en generación, se ha transmitido la creencia de que, si una mujer realiza esta limpia frente a la imagen de Santa Ana, abuela de Jesús, puede concebir un hijo.
Y así, mujeres de distintas edades, solas o acompañadas, locales y foráneas, llegan cada año a cumplir la manda.
Pero desde el sismo del 19 de septiembre de 2017, la ceremonia se realizaba en el atrio, bajo carpas, improvisada, entre lonas y cemento cuarteado.
Este 2025, el polvo no fue de escombro. Fue símbolo de regreso.
Un templo que resistió el olvido
El templo de Santa Ana —de origen virreinal y fundado por indígenas tlaxcaltecas en el siglo XVI— sufrió severos daños estructurales durante el terremoto de 2017.
Su cúpula, su torre y parte de la nave principal quedaron comprometidas. Lo que vino después fue incertidumbre: años de gestiones, colectas, abandono parcial y, sobre todo, fe comunitaria.
Ya en 2010, antes del sismo, los vecinos habían comenzado a pedir su restauración. En 2014, con apoyo del INAH, se anunció una inversión de 10 millones de pesos. Pero la obra no duró. El sismo borró lo poco que se había hecho. El templo quedó clausurado.
Durante siete años, las misas se celebraron en salones de catecismo. Las fiestas patronales se adaptaron al atrio. Y el ritual del barrido, el más simbólico de todos, resistió ahí, a ras del suelo, entre lonas y polvo.
Milagros, memoria y comunidad
A la reapertura del templo —ocurrida en noviembre de 2024— acudió el arzobispo Víctor Sánchez Espinosa, quien bendijo el recinto restaurado. La emoción de los vecinos fue palpable. Algunos llevaban más de una década participando en colectas. Otros habían sido parte de las cuadrillas de mantenimiento. Y todos tenían algo en común: esperar, sin romperse, el regreso de su iglesia.
Hoy, al entrar al templo, puede verse un mural con imágenes del antes y el después: la bóveda caída, los andamios, los rezos afuera, y finalmente la imagen de Santa Ana bajo un techo nuevo. “Es como si ella también hubiera esperado el regreso”, dice doña Lupita, una devota de 78 años.
La fiesta de este año recuperó su fuerza, con comida tradicional, flores por todos lados. Pero más allá de lo festivo, lo espiritual cobró especial peso.
Por primera vez desde 2017, el ritual del barrido volvió a realizarse dentro del templo, frente al altar original. Las lágrimas de algunas mujeres al completar el acto eran prueba de ello.
Una familia que viajó desde Chihuahua cuenta que hace tres años hicieron el barrido en el atrio. Hoy regresan con un niño de dos años: “Fue promesa. Y se cumplió”, dicen emocionados.
La reapertura del templo no solo devolvió un edificio a la ciudad. Devolvió un centro espiritual, una identidad y un símbolo de resistencia comunitaria. En un barrio donde la tradición se vive con los pies en la tierra y la fe en el corazón, Santa Ana es más que una santa: es el eje de una historia que se sigue escribiendo escoba en mano.
Este año, el polvo no se barre para quitarlo… se barre para creer.










